La naca que llevo dentro
Hola, comenten y vean mi mensaje final que esta hasta abajo.
Bruno ajustó los lentes mientras revisaba el celular por enésima vez. Las doce del día, un calor de la chingada en esta ciudad, y él ahí, esperando su comida como un pendejo. El edificio corporativo donde hacía sus prácticas era de esos fifís, todo vidrio y aire acondicionado, pero él había salido a la entrada para que el repartidor no tuviera que lidiar con la recepción.
—¿Bruno? —La voz llegó desde una moto estacionada.
Bruno levantó la vista y sintió que le caía mal el tipo antes de que terminara de bajarse. El vato traía una sudadera nike, toda sudada, unos tenis jordan piratas y el casco colgando del antebrazo.
—¿Eres Bruno? —repitió el vato, acercándose con la bolsa de papel en la mano—. Aquí está tu pedido, jefe. trescientos setenta y dos.
—Axel, supongo —dijo Bruno, estirando la mano para recibir la bolsa, cuidando de no rozar al tipo.
—El mismo, güey. Uff, te encargaste bien lejos, ¿eh?. ¿Qué pediste? Huele bien chingón.
Bruno frunció el ceño. ¿Desde cuándo los repartidores comentan los pedidos? Agarró la bolsa y dio el celular para que escaneara el código.
—Gracias —dijo, seco, dando por terminada la interacción.
—Ahí nos vidrios, jefe —sonrió Axel, mostrando los dientes—. Buen provecho.
Bruno ya iba de regreso cuando escuchó la moto arrancar. VolBruno a verlo. El vato iba en sentido contrario por la calle, se pasó un alto como si nada, y un wey en un coche le pitó. Axel levantó la mano, como pidiendo disculpas, y siguió como si tal cosa.
—ches nacos —murmuró Bruno, entrando al edificio.
Terminó su día laboral a las siete. Salió del edificio, se aflojó la corbata y caminó hacia la tienda de autoservicio de la esquina. Necesitaba agua, tal vez unas papas, algo para el camino a su departamento.
Empujó la puerta de vidrio y el aire acondicionado de la tienda de autoservicio le pegó en la cara. Qué alivio. Agarró su botella de agua, y se dirigió a la caja.
Ahí estaba ella.Una morra en la fila, pagando unas chelas y unos takis. una minifalda y una playera superescotada, bien pegadito, que le llegaba a medio muslo. Unos tenis Jordan, pero de esos bien combinados, como si supiera lo que traía puesto. El pelo largo, negro, con reflejos rojos. Y ese culo... ese puto culo que se marcaba perfecto con la falda.
Bruno se quedó viendo. Nomás un momento. Nomás para apreciar.
Pero luego bajó la mirada a los tenis. A las uñas. Largas, con piedritas. A la bolsa del mandado, toda corriente. Y pensó: "Qué pena, con ese cuerpo y esa ropa tan naca. Si tan sólo supiera vestirse, podría pasar por alguien decente".
La morra pagó, agarró su bolsa y salió del Oxxo sin voltear. Bruno pagó lo suyo y salió detrás, sin prisa, destapando su agua.
Se quedó en la entrada, tomando un trago. Y la vio. La morra de la minifalda estaba en la orilla de la banqueta, viendo el celular, esperando para cruzar. La luz del Oxxo le pegaba de lado, iluminando las piernas, el perfil. Estaba buena, no se podía negar. Lástima lo naca.
Bruno tomó otro trago de agua, viéndola sin querer verla.
Y entonces escuchó el motor.
Un moto simio. De esos pinches vehículos de dos ruedas que parecen juguetes y hacen más ruido que un camión. Venía por la banqueta. Por la puta banqueta. A toda madre. El conductor iba distraído, viendo su celular pegado al manubrio.
La morra no lo vio. Tenía los audífonos puestos, viendo su celular.
—¡Cuidado! —gritó Bruno, pero no alcanzó.
El moto simio ya estaba encima.
Bruno reaccionó por instinto. Soltó el agua, se abalanzó y empujó a la morra con todo lo que tenía. La morra cayó hacia un lado, y él cayó con ella, rodando, sintiendo el asfalto rasparle la ropa, el codo, la rodilla.
Cayeron en un charco. Un pinche charco de agua sucia, de esos que se forman cuando hay una fuga. Y en el charco, un cable pelado, de esos que cuelgan de los postes.
Bruno sintió el calambre antes de entender qué pasaba. Un jalón, como si el cuerpo se le quisiera salir por los pies. Vio a la morra junto a él, con los ojos abiertos, la boca abierta, temblando igual que él.
Y todo se puso negro.
Saori y Bruno se electrocutaron. Cuando Bruno volvió en sí, vio su propio cuerpo tirado en el piso y el de Saori junto a él. Los dos estaban en su forma espectral, como sombras de lo que habían sido.
—¡¿Qué me hiciste, culero?! —gritó ella, con la voz quebrada —. ¡Pendejo de mierda!
—Yo… yo nada, no sé qué pasó —dijo, dando un paso atrás.
—¡Ya vas a ver, cabrón! En cuanto venga mi novio, te va a partir toda tu madre, ¡te lo juro!
Yo, no podía creerlo. Ahí estaban, los dos viendo sus cuerpos inertes como si fueran fantasmas. Se acordó de una película española de culto donde pasaba algo así. Pero esto era real.
A—A ver, espera, tengo una idea —dijo, levantando las manos—. Tal vez si yo…
—¡¿Me escuchaste, mierda?! —Lo encaró de golpe, se le abalanzó. Aunque no tenían cuerpo físico, el espectral dolía, se sentía.
—¡Espérate! —Bruno la empujó, agarrándole las muñecas para contenerla.
—¡Suéltame, puto!
Ella le soltó una patada directo al pecho. Él cayó hacia atrás sin control. Cuando reaccionó, iba derecho a estrellarse el cuerpo de ella. Pero en el último segundo, todo se puso negro. Empezó a convulsionar. Jadeaba, sonaba como si hubiera estado ahogándose y apenas volviera a la vida. Cuando por fin pudo incorporarse, vio sus manos, sintió el frío en las piernas. Traía falda.
—No… no, no, no…
Podía ver la figura espectral de ella, pero algo no estaba bien, en ves de entrar a mi cuerpo algo la estaba atrayendo hacia arriba, no era una luz, era una oscuridad, parecía que gritaba, y me hablaba pero no era capaz de oírla, trato con todas sus fuerzas entrar a mi cuerpo pero ya estaba muy lejos, y la luz negra la termino de jalar hasta que desapareció
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Quedé paralizado viendo hacia arriba. La oscuridad se la había tragado completa. Como si nunca hubiera existido. Sentí ganas de vomitar, pero el cuerpo no respondía igual. Todo se sentía… distinto.
Me miré las manos. Eran sus manos. Uñas largas, pintadas de rojo, con piedritas pegadas. Moví los dedos y las piedritas brillaron con la luz del transformador. Bajé la vista y ahí estaban las tetas. Dos tetas enormes que se marcaban debajo de la playera. Una playera roja escotada..
—No mames… no mames… no mames…
Me levanté de rapido y casi me caigo. El puto equilibrio era diferente. Todo pesaba diferente. Las nalgas, las chichis, el pinche pelo largo que me caía en la cara. Me lo quité de un manotazo y corrí hacia donde estaba mi cuerpo.
Ahí seguía. Tirado boca arriba, los ojos abiertos, la boca un poco abierta. Parecía que estaba dormido, pero no. Mi propio puto cuerpo, muerto. Me arrodillé junto a él, le toqué la cara. Estaba frío.
—No mames, wey, no mames —susurré, pero me salió su voz. Una voz chillona, de esas que retumban en los oídos.
Me paré y empecé a caminar en círculos, agarrándome la cabeza. Tenía que pensar. Soy ingeniero, cabrón. Tengo que pensar. Pero no podía. Era como si su cerebro también estuviera chingando el mío. Me distraía su propio olor, un perfume barato de esos que venden en el tianguis, mezclado con olor a uñas de acrílico .
—¡A huevo, Saori! ¡Espérate, puta!
Casi me da un infarto. VolBruno y veo a una morra chaparrita, bien operada de las nalgas, con unas pestañas postizas que parecían arañas, caminando hacia mí como si nada.
—¿Qué pedo, güey? Llevo como veinte minutos marcándote y nada. ¿Ya viste el chisme de la Patty? Pero ya después te cuento, vamos, nos van a dejar, ya está el Uber esperando —me jaló del brazo y empezó a caminar.
—Espérate, no… es que… —traté de soltarme, pero la morra tenía fuerza.
—¿Qué pasó? ¿Por qué traes esa cara? ¿Te peleaste con el Axel? Porque si fue por eso, no mames, ese wey está bien pendejo—soltó la carcajada y yo sentí que me hundía.
—No,, es que… —miré hacia atrás. Mi cuerpo seguía tirado. No podía dejarlo así.
—¡Ay, güey, ya deja de mirar para allá! Vámonos, va a estar bueno, va el Junior con su primo que acaba de salir del bote, está bien bueno el wey, aparte si te peleaste con tu wey, aprovecha—me jaló más fuerte y me metió a la fuerza a un Chevy pop blanco que estaba estacionado en la esquina.
El Uber arrancó. Yo iba en el asiento de atrás, con las piernas juntas por inercia, sintiendo las nalgas apretadas en una falda toooodo pegados. Karen iba junto a mí, hablando sin parar de quién sabe qué. Yo sólo veía por la ventana cómo nos alejábamos de mi cuerpo.
De mi vida.
—¿Y luego? ¿Qué te pasa? ¿Te quedaste muda o qué? —Karen me codeó.
—Es que… —empecé, pero no sabía ni qué decir. ¿Cómo le explicas a una morra que tú no eres su amiga, que eres un wey de 26 años atrapado en el cuerpo de una manicurista?—. Traigo un chingo de sueño Guey.
—Ah, pos duérmete tantito, pero cuando lleguemos despiértate, eh, porque luego te quedas como piedra y yo no te cargo, que ya sabes cómo eres de dormilona —se rió y sacó su celular para grabar un TikTok.
Yo cerré los ojos. O los de Saori. Sentía sus pestañas postizas rozándome los párpados.
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La música retumbaba en el pecho. O en lo que ahora era su pecho. Dos pechos. Que se movían solos cuando caminaba.
Bruno estaba en medio de la sala, rodeado de cuerpos sudados que se movían al ritmo del perreo. Las amigas de Saori —la Britany y la Kimberly— lo tenían atrapado entre ellas, moviéndose como si estuvieran en una competencia de quién rebota mas la cola.
—¡Ay, pinche Saori, te haces la santa! —gritó Britany al oído—. Pero seguro que con el Alex sí lo traes bien pendejo, desde que te le acercaste a las barras del parque no te quita un ojo, niña. Pero estas cabrona eso de irse a vivir juntos
Bruno volBruno instintivamente. En la barra, apoyado con una cerveza en la mano, estaba un vato con gorra jordan y todo vestido de rojo. El vato levantó la cerveza, como saludando, y se lamió los labios.
Bruno sintió algo raro. Un cosquilleo. Pensó que eran los nervios. No sabía que el cuerpo de Saori ya estaba reaccionando por su cuenta.
—No baja, no baja, no baja… —coreaban las morras a su alrededor.
Bruno tomó otro trago de su azulito. El pinche sabor a medicina con refresco le quemaba la garganta, pero necesitaba algo para procesar que llevaba horas atrapado en un cuerpo que no era el suyo, con uñas largas que no podían ni agarrar bien el vaso, y con un par de tetas que no dejaban de moverse.
—Si ma ma ma, si ma mamá…
Se apartó a una esquina cerca de los baños. La cabeza le daba vueltas. La mezcla del alcohol con el shock de la tarde lo tenía aturdido. Apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos un momento.
Un dedo le tocó el hombro.
Cuando volBruno, una boca se estampó contra la suya.
Una lengua. Caliente. Húmeda. Que se metía sin pedir permiso. Bruno abrió los ojos y vio al vato del uber, con los ojos cerrados, besándolo como si se fuera a acabar el mundo. Y lo peor: su cuerpo respondió. Las manos se le fueron solas al pecho del vato. La boca se abrió más. Un gemido le salió de la garganta sin que él lo decidiera.
—Ah qué pasó, preciosa —dijo el vato cuando se separó, con una sonrisa de dientes blancos—. Te estuve buscando toda la noche.
Bruno estaba paralizado. Sentía la vagina de Saori húmeda. Mojada. Como nunca había sentido nada en su vida. Intentó hablar, pero las palabras no le salían.
—Yo… yo no estoy pedo… pedo…guey
El vato se rió, una risa ronca, con cuerpo.
—Ah, ya vez, Saori, ya estás toda torcidita, y luego con tu acento fresa. Te vi con la Britany y la Kimberly bailando. Ya te dije que esas morras no me laten, nomás te empedan a lo pendejo.
Bruno lo veía. Los brazos. El cuello. La forma en que la camisa abierta dejaba ver el principio del pecho. Y su nuevo cuerpo seguía reaccionando. Los pezones se le habían endurecido debajo de la playera. La humedad entre las piernas era imposible de ignorar.
Bruno se retrocede, tratando de negar su atraccion, pero axel no dudo en agarrala de la cintura
La besó con todo. Le metió la lengua como si llevaran años haciendolo. Bruno estaba de puntitas apoyandose de su pecho, Axel estaba agarrándole la cintura, apretándole las nalgas con las manos grandes. Caminaron hacia atrás, a empujones, hasta que la puerta del baño se abrió y entraron.
El sonido de la fiesta se escuchaba cada vez más lejano. Más apagado. Como si el mundo real estuviera del otro lado de la puerta
El vato lo sentó en el lavabo. Bruno sentía el frío del mármol en los muslos. Las piernas abiertas. El vato se hincó.
—A bueno, así sí me gusta que tomes, amor —dijo,
Bruno miró hacia abajo. Vio su propia vagina. La de Saori. Expuesta. Los dedos del vato estaban calientes, iban subiendo, pero Bruno aun consiente los detenia para que no fuera mas alla de la mitad de su pierna, pero con cada beso, y el alcohol que lo seguia inhibiendo, empezo a subir hasta llegar a la panty, mientras acariciaba y la hacia a un lado para poder meter un dedo en su Novia. Bruno echó la cabeza hacia atrás y gimió como nunca había gemido en su puta vida.
—Aahhh…
El vato metió otro dedo. Los movía adentro, los sacaba, los volvía a meter. Bruno veía su propia cara en el espejo del baño. La cara de Saori. Los ojos entrecerrados, la boca abierta, el maquillaje corriéndose por el sudor. Estaba viendo a una mujer teniendo la mejor dedeada de su vida, y esa mujer era él.
La boca del vato se abalanzó sobre su vagina.
—¡Ah, cabron! —Bruno agarró la cabeza del vato sin pensar, apretándola contra sí.
La lengua era caliente, húmeda, suave. Lamía, chupaba, mordisqueaba. Bruno sentía que se derretía. Que algo se estaba acumulando en algún lugar de ese cuerpo nuevo, algo que crecía y crecía y no sabía cómo se llamaba pero lo necesitaba ya.
—Uf… uff…
La música de afuera se colaba por debajo de la puerta. Alcanzó a distinguir la canción: "Y como dicen los ñeros". El vato seguía ahí abajo, sin parar, como si tuviera experiencia, como si supiera exactamente dónde y cómo.
—Y como dicen las ñeras —
Dale..mmmh- coreó Bruno sin darse cuenta, entre gemidos, mientras temblaba, sentia esa humedad por la lengua del hombre.
La lengua del vato encontró algo. Un punto. Una sensación que no era de este mundo.
—¡Aahhh! ¡Ahhh! ¡Dale más! —gritó Bruno, mientras su cuerpo se convulsionaba, agarro las manos de Axel y las apreto mientras temblaba en el primer orgasmo de su vida como mujer.
Las piernas le temblaban. El estómago se le contraía. Los ojos se le voltearon un poco mientras las oleadas lo recorrían enteras, desde la cabeza hasta los pies. Cuando pudo abrir los ojos, se vio en el espejo.
Estaba despeinada. Sudada. Con los ojos vidriosos y las mejillas coloradas.
—No mames… sí estoy bien pedo, guey—dijo en voz alta, viendo su reflejo.
El vato se paró, se bajó el cierre del pantalón, y cuando Bruno volBruno, lo vio. Su pene. Duro. Grande. Apuntándole.
—¿Quieres más, preciosa?
El vato se acercó. Lo levantó un poco del lavabo y lo puso de espaldas al espejo. Bruno vio cómo su propia cara de mujer veía todo por el reflejo. Vio cómo el vato se colocaba detrás. Vio cómo su pene buscaba la entrada.
Y cuando entró, Bruno solo sintió como era empujado, y algo abria sus pliegues.
—¡Ahhh! —gritó.
—Así mero —dijo el vato, agarrándole las caderas.
Las embestidas eran duras. Lentas al principio, luego más rápidas. Bruno veía en el espejo sus tetas moviéndose al ritmo de cada golpe. Veía la cara de placer de la mujer en el reflejo y tardó un segundo en entender que era él. Que ese cuerpo era el suyo ahora.
—Wow…si estoy bien buena —dijo entre gemidos, viéndose.
El vato se inclinó sobre su espalda, le mordió la oreja y Bruno solo sentia cosquillas y sonreía mas.
—Eres la más buena de toda la pinche colonia, Saori. dijo mientras se vaicaba en ella/el.
Bruno iba a llegar otra vez. Lo sentía. Esa cosa que crecía otra vez, ese espasmo que se acercaba. Pero justo cuando estaba a punto de reventar:
—¡Ábranle, culeros, que esto no es hotel! —un puño golpeó la puerta.
El vato se separó al instante. Bruno se bajó del lavabo de un salto, se subió la falda a la fuerza, se arregló el pelo como pudo con esas uñas largas de mierda. El vato ya tenía los pantalones subidos y se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
Abrieron la puerta. Un vato grandote los vio y soltó la risa.
—¡Ah, perros! Ya andaban de caldosos —detrás de él, un par de morras se asomaron y empezaron a chiflarlos.
—¡Sáquense, putos! —dijo una de ellas, riéndose.
Bruno agarró al vato del brazo por inercia, como si ese cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer. Caminaron rápido entre las miradas y las risas de la raza, atravesaron la fiesta, y salieron a la calle.
El aire frío de la madrugada le pegó en la cara. Se sintió despierto de golpe. Buscó el carro, el suyo, pero obvio no estaba. No había nada.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó el vato, ya con el casco en la mano.
—Yo… este…
—Súbete.
Le puso el casco en la cabeza. Se lo ajustó. Bruno vio cómo el vato se montaba en una moto Italika, de esas bien modificadas, con el escape cromado y calcomanías de calaveras. Arrancó. El motor rugió.
Bruno se montó detrás, tratando de subirse como podía con esa falda tan pinche apretada. Las pierlas abiertas, las nalgas en el asiento. Agarró al vato de la cintura, pero no sabía bien dónde poner las manos.
El vato estaba acelerando con el freno puesto, para agarrar impulso y entonces soltó el freno.
La moto salió disparada.
Los pechos de Saori se estamparon contra su espalda. Bruno sintió la presión, el movimiento, el roce de la tela contra los pezones que todavía estaban sensibles. El viento frío le pegaba en las piernas. Las luces de la ciudad estaban borrosas.
El camino era una adrenalina pura. La velocidad, el frío, el cuerpo del vato contra el suyo, la sensación de estar vivo después de haber visto su propio cuerpo muerto horas antes.
Y entonces se dio cuenta.
El aire. El frío. La humedad.
Se llevó la mano a la entrepierna. Sintió la falda, el calor, y la ausencia de tela.
Se le heló la sangre.
Había olvidado las pantys en el baño.
Llevaba la vagina llena del vato, al aire libre, mientras la moto cruzaba la ciudad a cien por hora.
—No mames —susurró dentro del casco.
Pero no dijo nada más. Sólo apretó el agarre en la cintura de Alex, apoyó la mejilla en su espalda, y dejó que el viento, la velocidad y el semen resbalandocele
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A la mañana siguiente, Bruno abrió los ojos y sintió un peso encima. Un brazo velludo le cruzaba el pecho. Un pecho que no era suyo. Unas tetas. Las tetas de Saori.
Se quedó frío. Paralizado. Trató de quitarse el brazo de encima, pero en el movimiento, la mano de Axel le agarró una teta completa. haciendolo gemir y sentirse incomodo.
—Puta —susurró, con la voz de ella.
Axel se removió, abrió un ojo y sonrió con esa cara de quien ha dormido como un bandido.
—Ah, mi mamita hermosa —dijo con la voz ronca—. Estuviste bien caldosa anoche, chula. Pero bien caldosa.
Bruno sintió que el alma se le salía del cuerpo. O del cuerpo de Saori. —¿Yo...? —intentó decir—. Yo este...
—¿Qué pedo, wey? ¿Te quedaste muda? —Axel le dio una nalgada que retumbó en todo el cuarto—. Ayer no parabas de pedir más y hoy ni hablas. Pinches viejas, luego luego se arrepienten.
Bruno se zafó como pudo y corrió al baño. Cerró la puerta con seguro y se quedó viendo al espejo.
El desastre. El labial corrido, manchado en toda la boca y las mejillas. El pelo hecho un nido. Y en el piso, su falda, En el bote de basura, unos papeles que no quería ni imaginar qué eran.
—No mames... no mames... —se agarró del lavamanos.
Sintió asco. Asco de verdad. Abrió la llave, agarró el cepillo de dientes y empezó a tallarse con furia. Tenía que quitarse el sabor de ese vato de la boca. El sabor a azulito, a pito, y a quién sabe qué más.
Se talló hasta que le sangraron las encías.
Después se metió a bañar. El agua caliente le cayó en ese cuerpo que no conocía. Se vio los brazos, las piernas, los tatuajes de Saori: una rosa, una calavera, un nombre tachado (seguro el de algún ex). Todo se veía distinto bajo el agua.
Salió, se envolvió en una toalla y empezó a buscar ropa. En el cuarto, Axel ya estaba despierto, viendo el techo con cara de zombie.
—¿Ya te bañaste, amor? —preguntó el vato.
Bruno no contestó. Agarró lo primero que vio: unos jeans negros bien pegados y una blusa de tirantes. Empezó a vestirse de espaldas, rápido, para no verlo.
Pero Axel se levantó. Se acercó por detrás. Y antes de que Bruno pudiera reaccionar, lo giró y le plantó un beso. De lengua. Con manos. Una mano en la nuca, la otra agarrándole una nalga completa.
Bruno se quedó tieso. No supo qué hacer. Sintió el cuerpo de Saori reaccionar, caliente, húmedo, y eso le dio más asco todavía mas. Recordó que ese vato, ese pinche ñero ignorante, se lo había cogido toda la noche. Recordó cómo olía, cómo sonaba, cómo se movía y recordo el sonido de sus embestidas. Y un flash back de cuando llegaron a la casa.
Cuando Axel lo soltó, sonriendo satisfecho, Bruno sólo atinó a verlo ir al baño.
Y entonces Axel agarró el cepillo de dientes. El mismo que Bruno había usado para quitarse el sabor de el. Y se empezó a lavar la boca. Con el cepillo quepenso que era de Saori.
Bruno se quedó en blanco. Pestañeó una, dos, tres veces. VolBruno los ojos y suspiró hondo.
—chingo su madre —murmuró.
Se vistió lo más rápido que pudo y salió de esa casa como si llevara el infierno atrás. Ya en la calle, miró alrededor. Puestos de tacos, una tienda de abarrotes con un perro echado, casas de ladrillo sin terminar
—Estoy hasta la chingada —susurró.
En eso, una moto se paró enfrente. Axel, ya en chanclas y con una sudadera de addidas, le sonreía.
—¿Qué pasó, princesa? ¿No que íbamos por unos bongles?
—Boneless —corrigió Bruno, casi sin pensar, con el cerebro de alguien que estudio la uni—. Se dice boneless.
—Ah, es lo mismo, güey. ¿Jalas o no jalas? —Axel le dio un arrancón a la moto que tiró humo.
Bruno dudó. No tenía dinero. No tenía celular. No tenía idea de dónde quedaba su casa.
Asintió con pena y se subió.
Apenas se sentó, la moto arrancó como bala. Bruno se aferró a Axel por instinto, pero en el movimiento, sus pechos se aplastaron contra la espalda del vato. Sintió cómo Axel sonreía, aunque no le viera la cara.
—Agárrate bien, mamacita —dijo el wey, y aceleró más.
Bruno cerró los ojos. La moto volaba entre los coches, se pasaba los altos como si nada, brincaba los topes sin frenar. En cada brinco, Bruno sentía que se iba a caer, y se aferraba más, y sus tetas se apretaban más contra la sudadera del América.
Intentó bajarse la falda con una mano, pero era imposible. El viento se la subía más.
Llegaron a un puesto de micheladas. Un lugar con lonas de plástico y música de banda. Axel se bajó como si nada y pidió dos.
—Ándale, princesa, para que te pongas a mano.
Bruno agarró la michelada con desconfianza. El vaso estaba escarchado con chamoy y tajín. Se veía... pues como una michelada.
En eso, un vato se les quedó viendo. Un wey gordo pelado volteada, playera de tirantes, todo tatuado. Se acercó.
—Ah, qué le ves a mi ruca, culero —dijo Axel, encarándolo.
—¿Qué pedo, wey? Yo no le estoy viendo nada —respondió el otro.
—Sí le estuviste viendo, no te hagas.
—Chale, güey, ni que estuviera buena.
Eso fue todo. Axel se le fue encima y comenzaron los vergazos. Botellazos, puñetazos, patadas. La raza se apartó para ver la pelea. Bruno se quedó parado, con la micheleda en la mano, sin saber qué hacer.
—¡Ya, Axel, vámonos! —gritó, pero su voz de Saori se perdió en el relajo.
Axel terminó arriba, dándole de putazos al otro hasta que ya no se movió. Se paró, escupió sangre y se limpió la boca con el dorso de la mano. Luego caminó hacia Bruno, lo agarró de la cadera con fuerza y le plantó un beso.
Bruno sintió el sabor a sangre y a cerveza. Y sintió también su cuerpo —el cuerpo de Saori— humedecerse otra vez. Caliente. Se clavo las uñas en la palma de la mano
—Ya vámonos —dijo Bruno, casi sin aliento, empujándolo suave.
—¿Ya viste cómo te pones, chula? —rió Axel, sobándole la nalga—. Te gusta que me pele por ti.
—Vámonos, en serio.
Axel agarró la moto y se fueron. Bruno iba otra vez atrás, apretado contra él, sintiendo cómo el viento le subía la falda.
Ya en la casa, Bruno no supo ni cómo pasó. Pero pasó.
Se le trepó Axel a el. O el cuerpo de Saori se le trepó. La cosa es que esa noche, la pareja hizo el amor pero esta vez se encargo de que usara condon. Bruno, desde adentro, veía todo como en una pesadilla, sintiendo placer con un cuerpo que no era suyo, con un vato que jamás en su vida habría volteado a ver.
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Bruno esperó a que Axel se fuera a trabajar. El vato salía temprano en su moto, con su mochila térmica de Uber Eats, bien orgulloso porque "ya tenía chamba fija". Bruno esperó veinte minutos después de oír la moto, por si acaso regresaba por algo. Ya le había pasado.
Salió de la casa. Caminó como pudo con ese vestido largo tan pegados que parecían pintados. Tomó un microbús. Se bajó en la estación del metro y hizo todo el recorrido hasta llegar al panBrunon.
Lo encontró rápido. Era su nombre en una lápida temporal, de esas de madera que ponen mientras llega la de mármol. "Bruno Siempre en nuestro corazón".
Ahí estaba. Enterrado. Su cuerpo. Su puto cuerpo.
Se quedó atrás de un árbol, escondido. Alcanzó a ver a su mamá. Estaba solita, limpiando la tumba con un trapo. Le llevó flores, unas rosas blancas. Las puso con cuidado, como si él todavía pudiera sentirlas.
Y entonces la vio llorar.
Su madre, la mujer que lo vio graduarse de ingeniero, la que presumía con las vecinas que su hijo era "todo un profesionista", estaba ahí, hecha un ovillo, abrazando la lápida de madera como si pudiera abrazarlo a él.
—Mi niño... —la oyó decir, entre hipos—. Mi niño...
Bruno sintió que algo se le rompió adentro. Quiso correr, abrazarla, decirle "má, soy yo, estoy vivo, sólo que estoy en otro cuerpo". Pero ¿cómo? ¿Cómo le explicaba? ¿Cómo iba a creerle?
Se quedó viendo hasta que se fue. Hasta que el sol empezó a bajar y los empleados del panBrunon comenzaron a cerrar.
Cuando ya no había nadie, se acercó. Tocó la madera. La tierra fresca.
—Perdón, má —susurró con voz de Saori—. Perdón.
Ahí, parado frente a su propia tumba, entendió. Su vida había terminado. Bruno ya no existía. Sólo quedaba esto: tetas, nalgas, uñas largas y una existencia que no pedía.
Caminó de regreso al microbús. En el camino, se apretó una teta. Con coraje. Con rabia.
—Ahora soy una pinche naca —dijo en voz alta.
Y aunque sonó chistoso, le dolió. Le dolió el apreton, sí, pero le dolió más la frase.
Llegó a la casa. La casa de Saori. Un departamento pequeño en un segundo piso, con vistas a la calle y a los perros callejeros. Apenas abrió la puerta, oyó la moto.
Axel llegaba. Se bajó con su mochila térmica, todo sudado, la playera pegada al cuerpo.
—Ya llegué, mi amor —dijo con esa voz, ese acento que a Bruno le raspaba el cerebro—. Ufff, estuvo bien pesado el día, puro pinche tercer piso sin elevador, pero ya sabes, la feria es la feria.
Bruno lo vio. Y sintió esa cosa. Ese calor. Esa pinche comezón allá abajo que odiaba con toda su alma.
—Qué bueno —respondió seco, y se metió a la cocina por agua.
—¿Qué pasó, chula? ¿Estás enojada o qué? —Axel lo siguió—. Te traje unos tacos, de suadero, bien jugositos como te gustan.
—Gracias —dijo Bruno sin voltear.
—A poco no me das un beso, güey. Todo el día jaloneando y mi mujer ni me pela.
Bruno lo miró, esa sonrisa medio pedorra de quien cree que con labia consigue todo. Y lo odió. Lo odió con ganas. Pero su cuerpo... su puto cuerpo de Saori sintió algo. Sintió eso que ella sentía. Esa calidez pendeja, ese "ay, qué bonito que me trajo tacos".
Lo besó. Rápido. Nomás para que se callara.
—Esa es mi chula —sonrió Axel, nalgueándolo—. Ahora sí, a darle a los tacos.
En la noche, Bruno intentó leer. Encontró un libro en el cuarto, uno viejo, de cuando Saori tuvo una época de "quiero ser más intelectual". "Como agua para chocolate". Lo abrió con ilusión, con ganas de escaparse de esta realidad aunque fuera por unas páginas.
Pero no pudo.
Cada diez minutos, su mente —o el cerebro de Saori, o la combinación de ambos— se distraía. Veía una mancha en la pared. Pensaba en su cuerpo, en que se deberia poner mañana. Se aburría. Se aburría cabrón.
—¡No mames! —cerró el libro de golpe—. ¡No puedo! ¡No puedo leer, puta madre!
Axel asomó la cabeza desde el cuarto, cepillándose los dientes. Con su cepillo. El que Bruno había usado.
—¿Qué pasó, amor?
—Nada —respondió Bruno, viendo el techo—. Nada, güey. Aquí, nomás existiendo.
—¿Quieres ver netflix?
Bruno lo miró. Lo vio tan feliz, tan simple, tan a gusto en su mundo de entregas, y coger todas las noches.
—Sí —dijo, sin saber por qué—. Sí, vamos a verla.
Se acostaron en la cama, Axel con el control, Bruno intentando no sentir el brazo del vato rozándole el hombro. Bruno estaba ganoso, pero Axel estaba muy cansado
Bruno se quedó enojado a un lado, por no poder quitarse esas ganas. Y aparte odiaba que se estaba volviéndo esta atención una necesidad
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Una semana después, Bruno dijo "ya basta". Se fue de peda con las amigas de Saori. Karen, la chaparrita operada, y la Fanny, una morra bien pasada de verga que vendía ropa por catálogo.
—Ahora sí, pinche Saori —le dijo Karen, levantando su michelada—. Esta es la morra que conozco. Ya me tenías harta con tu cara de perro apaleado.
Bruno agarró su vaso y se lo empinó como albañil. Como si el alcohol pudiera borrar su realidad
Dos horas después, Bruno estaba bien pedo. Bien, pero bien pedo. La cabeza le daba vueltas, el mundo se movía raro, y hasta las amigas de Saori le parecían soportables.
—Ya, Saori —dijo la Chio, viéndolo con los ojos entrecerrados—. Ya estás bien peda, wey. Mejor vamos a llamarle a tu wey para que te recoja.
Bruno escuchó eso y algo se le revolvió adentro. No era el alcohol. Era odio. Aversión. Coraje.
—¡No! —gritó, casi cayéndose de la silla—. ¡A ese pendejo no le marco ni madres!
—Ay, wey, no mames —Karen ya tenía el celular en la mano—. Tú nomás no hagas panchos. Axel, ven por tu vieja, está bien peda, en el puesto de doña Mary.
Colgó antes de que Bruno pudiera arrebatarle el teléfono.
Axel llegó en su moto en quince minutos. Se bajó con su casco.
—¿Qué pasó, mi amor? ¿Ya te pusiste peda, chula?
Bruno quiso mandarlo a la verga. Quiso decirle que no era su amor, que no era su chula, que él era un ingeniero atrapado en el cuerpo de una manicurista. Pero lo único que salió fue un eructo y un:
—Nomames… y vomito.
Axel lo cargó como si nada, lo subió a la moto y se lo llevó. Pero no directo a casa. Lo llevó a los tacos. Porque según Axel, "con unos tacos se le baja la peda a cualquiera".
Estaban en la taquería. Bruno intentaba no dormirse en la mesa, la cabeza le pesaba un chingo. Axel pedía tacos al pastor como si no hubiera mañana. Y entonces llegó ella.
Una morra. Bien buena. Tetona, falda corta, escote que enseñaba todo. Se paró enfrente, pidiendo orden, y se quedó viendo a Axel. Y Axel, el muy pendejo, le sonrió.
—¿Qué onda? —dijo la morra, coqueta.
—Ahí nomás, —respondió Axel, sonó a invitación.
Bruno vio todo. Vio cómo la morra se le quedaba viendo. Vio cómo Axel no apartaba la mirada. Y algo explotó. Algo que había estado guardado, reprimido ese odio hacia Axel, todo esa ira fue redirigida a la otra chica.
Se paró de la mesa, tambaleándose, y se fue directo a la morra.
—¿Qué le ves a mi wey, pinche gata? —le gritó, encarándola.
—¿Perdón? —la morra lo vio con cara de "qué pedo con esta loca".
—Que qué le ves, puta. Está conmigo, ¿oíste? ¡Conmigo!
Y antes de que alguien pudiera reaccionar, se fueron a las greñas. Mesas volcadas, tacos por todos lados, la morra gritando, Bruno jalando pelos con una furia que no sabía que tenía. Axel tuvo que meter las manos para separarlas.
—¡Ya, Saori, ya! —la cargó antes de que golpeara mas a la pobre mujer y se la llevó—. ¡Disculpe, amiga, es que está peda!
Ya en la casa, Bruno estaba sentado en la cama, con la cabeza gacha, las uñas rotas de tanto jaloneo, el maquillaje corrido. Le palpitaba la cara, le dolía un ojo, pero más le dolía la vergüenza.
—Perdón —dijo, con la voz chiquita—. Perdón... perdón...
Axel se sentó junto a élla. No estaba enojado. De hecho, tenía una sonrisa rara. Como de satisfacción.
—¿Sabes qué, güey? —dijo, pasándole la mano por la espalda—. Me gustó. Me gustó que te pusieras celosa. Ya creía que ya no sentías nada por este vato.
Bruno lo vio. Quiso decirle "no es eso, pendejo". Quiso decirle "yo no soy tu vieja". Quiso decirle tantas cosas. Pero no dijo nada. Sólo se quedó ahí, sintiendo la mano de Axel en su espalda, sintiendo ese pinche calor otra vez.
Al día siguiente, Bruno despertó todo crudo. Le dolía el cuerpo, le dolía la cabeza, le dolía hasta el alma. Recordó la pelea y quiso meterse debajo de la cama.
—No mames —murmuró, tapándose la cara con la almohada—. No mames, no mames, no mames...
Se había agarrado a vergazos con una morra. Por un wey. Por Axel. El vato que decía odiar. El vato que le daba asco. El vato que lo hacía sentir cosas que no quería sentir.
Salió del cuarto, arrastrando los pies. En la cocina, Axel estaba frente al fuego, preparando huevos con jamón. Tenía puesta una sudadera vieja, toda manchada, y silbaba una canción de banda.
—¿Ya despertaste, mi amor? —dijo al verlo—. Siéntate, ya mero está. ¿Cómo amaneciste?
Bruno se sentó. No sabía qué hacer con las manos. No sabía dónde mirar. Se sentía raro. Apenado. Cohibido. Y algo más. Algo que no quería reconocer.
Desayunaron. Los huevos estaban buenos. El jamón estaba buen. El café estaba bueno. Todo estaba bueno. Y Axel estaba ahí, platicando de su día, de sus entregas, de un señor que le dio propina, de una doña que le pidió que subiera las bolsas.
—...y luego el perro, güey, un perro bien chiquito pero bien ruidoso, no mames, no paraba de ladrar...
Bruno lo escuchaba. Y no le molestaba tanto. El acento ese, el "güey" cada tres palabras, las historias simples de un vato simple. No le molestaba tanto.
Terminaron de desayunar y Bruno pensó que ahí terminaba todo. Pero Axel lo tomó de la mano.
—¿Vamos al cine, chula? Hay una de acción bien chingona.
Y Bruno dijo que sí. Dijo que sí sin pensar.
Fueron al cine. Axel compró un combo familiar aunque eran sólo dos. Palomitas, refrescos, dulces. Bruno vio la película sin verla, sintiendo la mano de Axel en la suya, sintiendo su hombro contra el de él. Y cuando la película terminó, cuando las luces se encendieron, Axel lo volBruno a ver.
Se besaron. En el cine, con la gente saliendo, con los empleados barriendo. Se besaron como si no hubiera mañana.
Regresaron en chinga a la casa. Ni siquiera subieron bien las escaleras. En la sala, en el piso, en la cama, no importaba. Hicieron el amor como si fuera la primera vez. Como si fuera la última.
En un momento, Bruno se vio en el espejo del ropero. Ahí estaba, abierto, en posición de sumidero, con Axel mordiéndole los senos, chupándole los pezones como si fueran chupones. Se vio a sí mismo —a Saori— y no sintió asco. No sintió odio. Sintió algo que no podía explicar.
Axel se vino dentro. Bruno sintió cada gota, caliente, espesa, llenándolo. Y no quiso pensar en lo que significaba.
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Dos meses después, Bruno se quedó en blanco.
Tres pruebas de embarazo. Todas positivas.
Su mayor miedo. Su peor pesadilla. Estaba embarazado de Axel.
Se sentó en la taza del baño, viendo las pruebas alineadas en el lavamanos. Tres rayitas. Tres putas rayitas que decían "sí, estás preñada, güey".
—No... no, no, no...
Pensó en abortar. En serio lo pensó. Buscó clínicas en su celular, números, direcciones. Podía hacerlo. Podía terminar con esto antes de que empezara.
Pero entonces, una idea. Una idea pendeja. Una idea fugaz que le cruzó la mente como un rayo.
Axel va a mejorar si le doy un hijo.
Se quedó viendo las pruebas. Recordó los últimos meses. Recordó los desayunos, las películas, las noches, las risas. Recordó cómo Axel lo veía. Cómo lo trataba. Cómo le decía "mi amor" y sonaba sincero.
—Va a mejorar —susurró—. Va a dejar de ser tan... tan naco. Va a estudiar, va a superarse, va a ser mejor. Por el niño.
Guardó las pruebas en un cajón. Esperó a que Axel llegara. Y cuando llegó, cuando lo vio todo sudado con su mochila térmica, le dijo:
—Necesito hablarte.
Un año después.
Axel terminó la prepa. En línea, con asesorías los sábados, pero la terminó. Bruno lo ayudó con las tareas, con los trabajos, con los exámenes. Le explicaba matemáticas, le corregía la redacción, le enseñaba a estudiar.
—No mames, güey —decía Axel—. Mi mujer es bien inteligente, me ayuda en todo.
Y Bruno, en el cuerpo de Saori, sonreía.
Ahora era madre de tiempo completo. Tenía un bebé, un niño con los ojos de Axel y la nariz de Bruno. Lo amaba. Lo amaba con una intensidad que no sabía que existía.
Y estudiaba contabilidad. Primer semestre. En línea también, porque con el niño no podía salir.
—Ya mero termino, mi amor —le decía al bebé—. Ya mero.
Axel llegaba de trabajar, agarraba al niño, le daba de comer, lo bañaba, lo acostaba. Mientras, Bruno estudiaba. Hacían equipo sin saber que hacían equipo.
Una noche, ya con el niño dormido, Axel se acercó.
—¿Sabes qué, güey? —dijo, viéndola raro—. No sé qué me hiciste, pero... gracias. Por todo. Por el niño. Por ayudarme a estudiar. Por no irte. Por...
—Ya, wey—lo interrumpió Bruno, con una sonrisa que ya era de Saori—. Cállate y ven aquí.
Se besaron. Y mientras se besaban, Bruno pensó en su mamá. En su cuerpo enterrado. En su vida pasada.
Ya no le dolía tanto.
Ahora era esto. Y no estaba tan mal.
Que paso gente hermosa del blog, no se ni por qué escribí esto pero me salió, esperaba hacerlo más humillante, pero creo que es un final feliz. Comenten mucho, que la próxima historia que viene es Ecos de Tlalpan parte 2























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